miércoles, 9 de septiembre de 2009

EL PERSONAJE / Cuento Jaime Fiol 1994


El Personaje
Cuento – Jaime Fiol/1994


I

Las fuerzas vivas del pueblo nos encontrábamos reunidos en el auditorio del Palacio Legislativo. Nos habían citado a través del comunicado número cero de la revolución. En cada uno de nosotros convivían contradictorias impresiones sobre lo sucedido en la víspera.

Nos mirábamos perplejos sin atinar a arriesgar ninguna hipótesis. Todo fue ràpido. Estábamos terminando la jornada laboral cuando comenzó la revuelta. Los tiros cesaron al despuntar el alba. Refugiados en nuestras casas, temerosos, apenas si nos atrevimos a espiar por las ventanas la lucha que libraban nuestros soldados y policías contra estos desconocidos que ahora nos convocaban.

- La corrupción era muy grande como para que nos extrañe lo sucedido – me dijo, como confesándose, el párroco.

- Por qué no comenzar preguntándonos qué pasó. ¿Quiénes son los agresores? - le pregunté

- ¡Será un - ¡Es un golpe militar! ¡Qué tiene de raro!

- Tiene de raro que no llevaban uniforme y sólo quedó un tendal de muertos nuestros alcanzados, en la confusión, por nuestros proyectiles. Tiene de raro que todas las comunicaciones quedaron interrumpidas. No hay radio, televisión, teléfono. Convengamos estimado amigo que hay algunas cositas raras, ¿no le parece?

- Quizás Dios nos ilumine –concluyó el cura cerrando el diálogo y elevando una plegaria al cielo de mampostería.



A mi izquierda se encontraba el Director del Hospital esforzándose por escuchar la conversación. Cuando el padre la dio por finalizada me dijo también en voz baja:

- Si Dios estuviera aquí no se salvaría nadie.

- Espero que no esté –agregué, y aproveché para preguntarle si sabía algo sobre lo sucedido.

-En realidad yo esperaba hace tiempo que esto sucediera. La corrupción en la política era insostenible. El país no va a marchar hacia delante con semejantes dirigentes.

- ¿Pero quiénes son ellos?

- ¿Qué sé yo? Será un golpe militar.

Miré hacia adelante observando el conjunto mientras reflexionaba. El médico y el cura no parecían sentirse los derrotados de la revolución. Más bien se consideraban parte de ella. Y para peor no parecía interesarles mucho la identidad y la intención de los desconocidos. Desde mi posición veía al mismo Intendente, a militares, a jueces, políticos, profesionales, empresarios, gremialistas. Todos. Todos estábamos allí.

- ¡Un momento! -grité- ¿Quiénes son los derrotados?

Todos me miraron con asombro. Sembré la duda que prendió rápidamente.

- Caímos en una trampa –gritó el general-. ¡Cómo pudimos creer un comunicado subversivo y apócrifo! Estamos a merced de ellos en este recinto. Vámonos.

- Yo no me voy –dijo el párroco-. Al menos estoy seguro que no voy a ir tras de usted ni de los políticos. Esperemos a que se manifieste la intención de esta gente. Tengamos fe en que Dios no nos hará caer en una emboscada.

Sus palabras calmaron a la concurrencia. La duda inhabilita para la acción y el cura la había sembrado. Si bien la hipótesis del General era lógica, todos sabíamos que si nos íbamos sería para refugiarnos cada uno en nuestras covachas. Otra cosa no podíamos hacer.

Cuando todos nos acomodábamos nuevamente en los asientos se abrió la puerta del recinto e ingresó El Personaje. Solo. Desarmado. Comenzó a leer el listado en el que figuraba cada uno de nosotros ordenado por estricto orden alfabético y el cargo que desempeñábamos. Acto seguido nos pidió que miráramos el número del asiento en que estábamos, sacó un bolillero y extrajo un número. El 134 correspondía a un médico del Hospital Municipal.

- Dr. R.D. médico. Jefe del Servicio de Oncología. Pongase de pie.

El médico obedeció la orden. Se escuchó un murmullo general. El miedo comenzó a invadirnos. La cara de incertidumbre del elegido no difería mucho de la del resto de la concurrencia. Mi corazón latía a un ritmo infernal.

- Por favor doctor, acérquese al estrado.

Reponiéndose de su estupor, con la cabeza erguida, el médico pasó al frente.

- Siéntese por favor. Debo comunicarle que puede usted estar enfermo de cáncer, por lo que debe someterse a las prácticas habituales de diagnóstico.

- ¡Yo enfermo! – rio el médico - ¡Porque usted lo diga! ¿Qué es lo que está buscando? Nos toma por tontos.

- Que venga rápidamente su personal. ¿Qué necesita para el diagnóstico? ¿Radiólogos, cirujanos, patólogos, enfermeros? Llámelos. Algunos están acá, otros afuera. Llámelos y vendrán.

- Llamelos usted, no voy a prestarme a este juego.

- No es un juego. Llámelos. ¡Es una orden!

Se acallaron los murmullos. En el recinto se impuso un silencio mortal.



II



En pocos segundos el recinto se transformó en un sofisticado quirófano en cuya camilla yacía aterrorizado el oncólogo. Médicos, radiólogos, enfermeros comenzaron su labor.

El extraño Personaje que nos dirigía hizo una seña a uno de los radiólogos que corrió a su lado con un informe.

- El enfermo presenta una imagen en el pulmón derecho que podría ser un cáncer –recitó el radiólogo.

- Es una vieja lesión. Una secuela de una enfermedad ya curada –gritó el médico.

- No estamos seguros – agregó el radiólogo siempre dirigiéndose al Personaje – Debiéramos hacerle una tomografía computada y una punción exploratoria.

- No, no, me niego. ¿Tengo que interpretar que esto es un castigo?

- Yo diría que es una práctica de rutina. El personal que le va a realizar los estudios es el que usted dirige. No entiendo el porqué de su preocupación. Comiencen.

Nos hundimos cada vez más en nuestros asientos. Todos comprendimos que se nos estaba castigando de un modo inusual. Cada uno de nosotros decodificaba cada signo y lo adaptaba a su actividad específica.

Desde la calle se escuchaba el griterío de la multitud. Traté de imaginar el porqué lo hacían. Quiénes eran. Me pregunté dónde estaban los guerrilleros o lo que fueran. Obedecíamos ciegamente a un Personaje solitario y desarmado que nos estaba destruyendo. Vi al comisario pálido y sollozando. Miré a mi vecino médico aterrado tal como si le estuvieran haciendo a él los estudios. El cura parecía gozar de la situación, erguido en su asiento, oteaba el cuadro.

Un enfermero se acercó al Personaje y le dijo que el personal se negaba a intervenir sin un estudio previo de infección al VIH.

- ¿Qué prueba quieren hacer?

- ELISA –dijo el enfermero

- Pídala. Pidan los reactivos

Rápidamente apareció un laboratorio ambulante y en apenas unos segundos se escuchó el informe de ELISA positivo.

- ¡Oh…! Exclamó el auditorio

- No, no, lo que me faltaba. ELISA positivo puede dar en un montón de afecciones. Tengo una gingivitis herpética, por eso dio positivo.

- Yo creí que era prueba suficiente ¿no lo consideran ustedes así?

- No – dijo el enfermero – hay que hacer un Western Blot.

- Hágalo

Pasados unos segundos el W.B. positivo hizo que el personaje dijera al auditorio que el paciente tenía SIDA y que esto explicaba el cáncer en el pulmón. Seguidamente indicó que se le comenzara a aplicar AZT, quimioterápia y radioterapia.

- Esto no lo puedo tolerar –gritó el Director del Hospital – paremos con esta farsa. ¡Yo conozco al doctor y no tiene cáncer ni SIDA!

- Perdón –interrumpió el Personaje- ¿cómo puede usted decir eso si sus laboratoristas acaban de confirmar ELISA y Western Blot positivo? ¿No son las pruebas suficientes para establecer un diagnóstico de certeza?

- No, no es tan así –contestó el Director- hay algunas otra enfermedades o infecciones que pueden dar positivo. Además se necesita contrastarlo con otros informes de otros laboratorios.

- ¿Actúan ustedes así en todos los casos? – preguntó sorprendido el Personaje.

- No, no siempre. Es que es muy costoso y muchas veces los centros de salud carecen de recursos. Además debo decirle que el doctor no pertenece a ningún grupo de riesgo y ….

- ¿Cómo lo sabe? –gritó el Personaje- Puede drogarse, ser homosexual, haber tenido relaciones con infectados, puede haberse contagiado en el hospital.

- No es tan así. Usted no es médico si no sabría que hay criterios para … -su discurso fue interrumpido bruscamente por el Personaje.

- ¿Criterios? ¿Acaso no determinan con estos dos estudios que un paciente es portador del VIH? ¿Me están tomando el pelo? ¿O es que medimos con diferente vara al prójimo?

El auditorio se movió inquieto. El comisario vomitó, Los demás lo imitaron. El cura exhaló una tosecita burlona.

- Qué es lo que usted propone – dijo el intendente poniéndose de pie.

- Pues curar a este pobre hombre. Tiene SIDA y cáncer

- Dejémonos de rodeos. Ustedes tomaron la ciudad ¿Quiénes son? ¿Quién los manda? ¿Qué se proponen?

- No son preguntas que pueda contestar. ¿Por qué no nos atenemos a lo que estamos haciendo? Cuando se come se come, cuando se duerme se duerme, cuando se está curando a alguien pues curémoslo.

El General intentó avanzar sobre el Personaje pero en el intento cayó al suelo.

-La sociedad está pervertida. Los dirigentes se apartaron del camino de la rectitud, del camino de Dios – dijo el cura, solemne.

- Cállate, nadie te dio cabida en esto - le gritó El Personaje

El cura se desplomó en su asiento y quedó inmóvil.

- Sigamos. AZT. Apliquen

- No. No. –gritó el médico

El murmullo del pueblo, forzando la puerta de entrada al recinto, fue captado por todos nosotros. El Personaje retrocedió y abrió la puerta. Miramos, sin poder reaccionar, cómo el pueblo penetraba y nos iba degradando. El Personaje desapareció. Me sacaron el guardapolvo, mi credencial de médico. Al cura su sotana, Al General su uniforme.

Alguién escribió en el tablero electrónico que presidía el gran salón: DIA UNO DEL AÑO CERO.



Jaime Fiol – 1994 – Sr. Neón, número 7, Publicada por L.J. Silver , Cap. Fed. R. Argentina



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